viernes, 27 de octubre de 2017

Feliz cumple, Diego




Por: Mario Herrera

 ¡Qué rápido pasa el tiempo! Ya vas para dos años. Esta vez, sí estaremos juntos para celebrarlo. Todos juntos.
 Hace exactamente un año, más o menos, a esta misma hora, me llamaba tu Tía Yadira para decirme que la Abuela Tami estaba mal, muy mal. Se había ido para Ciego de Ávila a hacerle la visita a sus hermanas de crianza, y una crisis de asma la desarmó. Ella estaba enfrascada en no querer ir al médico, porque quería conseguir pasajes para regresar a casa, debido a los cumples de la Prima Vero, y el primer añito tuyo. No fue, y las cosas se complicaron.

 Tía Yadi me volvió a llamar; preparamos la mochila con cuatro trapos y algo de dinero. Como nos decían que estaba, no pensábamos demorar mucho en regresar con ella sin suerte.
 Nos encontramos en la guagua rumbo a la terminal de ómnibus nacionales; no pudimos resolver pasajes para Ciego. De allá nos llamaban para avisarnos que había empeorado. Nos fuimos, la Tía Yadi y yo, al costado de la terminal. Los taxis a provincia esperaban su clientela. Conversamos con un señor amable, en un Peugeot rojo. Cien CUC el viaje.
 A medida que nos acercábamos era más grande la zozobra. Una nueva llamada nos alertaba que la moverían al Hospital Provincial. Imagina, amor de mi vida, de la consulta del médico de familia al policlínico, del policlínico al hospital municipal, de ahí al hospital de Morón, y tras el tratamiento errado de un médico muy mediocre, al máximo hospital de la provincia.
 Llegamos a Morón justo antes de irse la ambulancia. La seguimos hasta Ciego.
  El doctor que la recibió en terapia intensiva nos dio pocas esperanzas. A tu tía no la dejaron entrar a la sala. Había que esperar el día siguiente, al amanecer, el “parte de las siete”.
 Tía y yo salimos, nos comimos una pizza y un espagueti que no te recomiendo, aunque tengas el hambre más grande de la historia del hambre, y menos aún, el café.
 El hospital tiene, a un costado, una pequeña sala de espera para familiares de personas ingresadas en terapias intensiva o intermedia. La señora de Información, muy amable, nos indicó que, al ser de otra provincia, podíamos hospedarnos en un motelito frente al hospital, económico y con una cama personal. Nos registramos, bañamos en el único baño, con una única ducha para todos los huéspedes, y un solitario inodoro; dejamos las cosas y fuimos a dormir a la sala de espera. Llegaron las hermanas de crianza de Abuela, y sobrinas. Ellas se quedarían en casa de Ada y Elio, unos amigos ancianos que conocían desde principios de los años ochenta.
 Aún recuerdo el olor a orina acumulada, a pesar de que nunca se dejaba de descargar el baño, la “comodidad” de los recién estrenados asientos metálicos, y la cantidad de personas que esperaban una buena noticia a la mañana siguiente.
 Estaban los Barban, familia de Granma con un abuelo que llevaba más de mes y medio en terapia intensiva. Otra, que no recuerdo su apellido, pero que fue la primera en despedirse cuando mejores eran las posibilidades de que lograra sobrevivir. Nunca se olvida el sonido del altavoz para solicitar a los familiares en plena madrugada. Ni ese sonido, ni los llantos. Había un señor que llevaba dos meses con un niño en terapia, y que nunca dormía en los asientos, sino con unos cartones en la entrada, junto a la calle de los carros; y un “veterano” con su “niña”, una muchacha de veinticinco años que decidió quitarse la vida mediante el fuego, porque su novio encontró otra pareja.
 Hubo otros, como el Amable Ñaña, cuya amistad con la familia aun conservamos y seguramente conocerás algún día. Los Bacha, que también fueron amigables y perdieron a “Doña” Victoria el día que regresamos. Y la familia de Berta Marrero, ricachones acomodados que no se levantaban a coger el teléfono, aunque les llamaran. La señora, lamentablemente, partió una tarde para la casa, a despedirse en la comodidad de su sillón.
 Es una historia larga, amor, pero vale la pena contártela.
 Eran tres partes al día; a las siete, mediodía y nueve de la noche. Los doctores eran muy buenos: Gleiber, Yami, el Ronco (no recuerdo su nombre), Alejandro. Tus Tías coqueteaban con otro trigueño, alto. Yadira era la traductora del “médico” al español.
 El viernes, de esa misma semana, llamamos a Tía Lisi para que fuera a despedirse. Así de mal andaban las cosas. Fue con la prima Elaine, que llevaba al primito Javier en la panza. Ellas se quedaban en el cuartico de Las Brisas, Yadi y yo en la sala de espera. Desayunábamos un pan con lechón que ojalá y lo pruebes, a cinco pesos, en los bajos del hostal. Desde Morón, Chambas o Mabuya, venía una prima, Yarilin, con cacharros de comida para el almuerzo. Morón es el lugar más cercano y está a cuarenta kilómetros de Ciego. Era un sacrificio gigantesco. Solo la familia hace algo así. Los días que no podía venir, nos saltábamos el almuerzo para economizar.
 Comíamos en casa de Elio y Ada. Imagina a un matrimonio de ancianos de ochenta años de edad, juntos desde hacía sesenta, sin hijos, que nos acogió como familia, y solo porque conocían a una de las hermanas de tu abuela.
 El sábado fue el cumple de la prima Vero. La llamamos para felicitarla. Estaba triste. Quería ir para Ciego, pero solo cumplía once años.
 El lunes era tu primer añito. A las siete, las noticias eran alentadoras. Todos estábamos felices tras el parte. Te llamamos a las ocho y media para cantarte felicidades. La hija de Ñaña, Aymara, sonrío en su banco (sí, porque los bancos tenían propietarios en las noches, las mañanas y las tardes) con los ojos llenos de lágrimas. Cruzamos nuestras primeras palabras, y nació una amistad que espero vivas. Salimos a comprar comida para llevar a casa de Ada, nos tomamos una cerveza en tu nombre y en el de la abuela que empezaba a pelear. Regresamos para el parte de las doce. Las cosas cambiaron. La esperanza se iba.
 Murieron algunos. Otros llegaron. A todos los conocimos. Vivimos un aguacero enorme, las primeras y últimas lluvias que gozó la provincia en mucho tiempo.
 Casi un mes. Luego, un domingo cualquiera, cuando no existían luces, cuando las escaras aparecieron y se hicieron otro peligro latente, cuando los doctores trataron de despertarla una y otra vez, y de desconectarla de un respirador artificial, pero sin fortuna, tu abuela, fiel a sí misma, a su carácter, regresó. No te imaginas la alegría, hijo de mi vida, aunque el camino fuera largo. Siguió en intensiva varios días más. Mandamos a casa a Lisi y Elaine, y, un día, nos dijeron que la movían a terapia intermedia. Durante esas más de tres semanas, nos llamaron por el altavoz de madrugada en par de ocasiones.
 Nos ayudó mucha gente. Gente que no conocíamos. Una amiga de Aymara nos resolvió un lactobacilo muy necesario, así, sin más. Amistades del Jefe de Sector de la Policía del barrio de la abuela, también vinieron a ayudarnos porque Gustavo la llamó, y el propio Gustavo, se nos apareció una madrugada a las tres y algo, y nos despertó. Imagina a ese gigantón moreno y feo, a esa hora, que te despierte en un lugar como aquel. En fin, hay que agradecerle a tanta gente.
 Al mes de salir de la casa, pude pasar a verte por un día. Para eso viajé. Pero fue lindo. Nos tiramos las fotos del año con la Chinita, lo pasamos juntos, no te querías separar de mí (menos a la hora de la teta, que era sagrada). Y volví a Ciego. Otras tres semanas. Cuidamos a la abuela, vimos la partida de varios vecinos de cama, la muerte de Fidel, la salida del amable Ñaña a su casa, y ni se cuántas veces fuimos a tomar café allá.
 Un sábado nos dijeron: “Si resuelven en qué irse, se la pueden llevar”. Y regresamos. Tu abuela decidió que viviría para un cumpleaños más tuyo, del resto de sus nietas, y hasta del bisnieto Javier. Hoy día goza de una salud de hierro, y vamos a celebrar todos juntos, el cumple de la Prima Vanessa, de la Prima Vero, el tuyo, y el primer año del renacer de la abuela.
 La historia es aún más larga, pero creo que será todo por hoy. Vale la pena ahora cantarte: “Felicidades Diego en tu día…”